SE MARCHÓ PIERO: TENÍA EN LAS MANOS TRIGO DE LUNAS
Por Manuel Tiberio Bermúdez
Tenía yo el cabello largo, usaba pantalones de terlenka con bota campana
y usaba zapatos de tacón alto.
Cuestionaba a la vida y la sociedad que me rodeaba. Leía a los nadaistas colombianos y escribía
poemas que hablaban de metrallas y conflictos, de injusticias y guerras, de
dolor y esperanza. Quería —como hoy lo deseo— que el mundo fuera mejor para
todos.
Y, una noche en medio de canciones de «protesta» y en la que mi alma navegaba
en algún rio aguardientoso, escuché su voz. No me causó gran impacto, pero sí
me llamó la atención el mensaje que transitaba en una canción que esa voz
interpretaba.
Ellos nacen ancianos
Y van enniñeciendo
A través de la vida
Los americanos
Y nacen convencidos
Que no hay nadie en el mundo
Que sea más importante
Que los americanos.
Pregunté quién era el intérprete y entonces supe su nombre:
—Piero —me dijeron—
Y desde aquella noche, Piero, no podía faltar en las canciones que
acompañaban mi bohemia. Era mi invitado a las noches donde las interpretaciones
de temática social me ayudaban a reconciliar con el mundo que vivía.
Junto a Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Alí Primera, Violeta Parra, Pablo
Milanés, Larralde; Piero cantaba para mi rebeldía canciones como «Para el
pueblo lo que es del pueblo», «Pedro Nadie», «Juan Boliche», entre otras.
Indagué para saber quién era ese muchacho crespo con pinta de cura que
interpretaba canciones que le calzaban muy bien a mi esperanza de la
reivindicación que yo soñaba.
Supe que su nombre era Piero Antonio Franco De Benedictis, que había
nacido italiano pero que la vida lo hizo universal. También me enteré que era
actor y cantautor y que durante muchos años su sello fue la canción social en
la que llevó la esperanza a una juventud que no se desesperanzaba.
Fue seminarista. De su paso por el seminario le quedo ese talante
modosito que nunca lo abandonó, pero que desarrolló en él su vocación musical y
su sensibilidad por lo social.
Fue la canción «Mi viejo» compuesta por su amigo José Tcherkaski que lo
hizo más popular, pero su repertorio ya había conquistado los territorios de la
ternura y el compromiso social.
«Las cosas que pasan», «Coplas de mi país», «Para el pueblo lo que es
del pueblo» y otras canciones los consagraron como uno de los mejores
intérpretes de la canción social. Fue hostigado por el tono de sus mensajes que
cuestionaba a las dictaduras y a los poderosos de siempre, a tal punto, que las
matrices de sus discos fueron quemadas.
Un día se enamoró de Colombia y se hizo ciudadano colombiano. Es larga y
bonita la trayectoria de ese muchacho que me acompañó en las noches bohemias de
mi despertar y cuestionar lo que me rodeaba.
Pero la muerte, la eterna vencedora, que no tiene en cuenta que esas minucias
de los amores que nos acompañan por la vida se lo llevó el pasado 7 de octubre
a los 81 años de edad.
Hoy recuerdo su voz. Me veo otra vez muchacho de cabello largo sentado en
una fuente de soda de mi pueblo, Caicedonia, escuchando
Y en los clubes nocturnos
Después de algunas copas
Se sienten inspirados
Los americanos
Y es muy común hallarlos
Bailando sin descanso
Derrochando la gracia
De los americanos
Y bien amigos míos
Ya basta por ahora
Les dije lo que pude
De los americanos
Y si los ven
Si los ven, les dan mis respetuosos saludos
A los americanos
Desde otra mesa me mira el excelente pintor Eduardo Mejía que odiaba que
uno pidiera esa canción, pero fue ese tema musical el que luego nos permitió
ser buenos amigos. Pero esa es otra historia.
Un guarito por Piero, el eterno seminarista cantor…

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