CIERRA LA PUERTA CON CARIÑO
Reflexión sobre el amor, las despedidas y la ternura en tiempos de redes sociales.
Por Manuel Tiberio Bermúdez
Soy un hombre añoso. Camino por la vida
atendiendo los dictados de mi corazón; he sido confidente de mis propias acciones.
He amado y me han amado. Como norma, y para
no deberle nada a la existencia, he respetado los sentimientos de quienes se cruzaron
en mi camino. Mi intención ha sido no decepcionar las ilusiones de las mujeres
que en un abrazo me entregaron un poco de su alma o de aquella que, en un beso,
me hicieron conocer los temblores del amor.
Por donde he transitado, sembré amistad.
Si de algo me precio, es de la lealtad hacia las personas que alguna vez me
tendieron su mano. Creo en los seres que practicaron la solidaridad. Celebro a los
amigos con los que compartí la noche y, ebrio, vimos amaneceres y cantamos a la aventura de vivir.
Guardo hermosos recuerdos de la mujer-amor
que fue guía y faro en mi vida, que persistía en navegar a la deriva. A ella
siempre volví porque nunca fue ausencia, ni siquiera hoy, cuando es un recuerdo
tatuado en mí. A esa mujer le dediqué los versos más tiernos, pero también los más dolorosos que alguna vez
he escrito.
Desde siempre he coqueteado con la
literatura, pero en especial a la poesía: amiga y cómplice, que me ha llevado a
escenarios diversos, donde el verso me regaló abrazos y reconocimientos.
Hoy, en esta modernidad que no camina,
sino que avanza a velocidad de vértigo, los seres humanos andamos algo perdidos
en prácticas que cada día parecen deshumanizarnos. Con la llegada de los celulares
y las redes sociales, han cambiado las formas de relacionarnos, de expresar el
amor, y de terminar las relaciones.
Si usted es de las personas que atiende
los llamados del alma y dicen que «quieren», lo tachan de indigno porque
muestra demasiado interés. Debe dejar a alguien en «visto», porque si responde
con prontitud al mensaje mostraría vulnerabilidad, y eso —dicen— no es bueno.
Las personas no quieren sentir afecto porque
alguna vez tuvieron un «mal amor» y creen que deben cuidarse, evitando así la
oportunidad de encontrar nuevamente a alguien que pueda darles felicidad. Se ha
vuelto común no comprometerse porque el amor es considerado «una tontería». Se afirma
que las relaciones deben durar la fugaz eternidad de una noche o de unos
minutos, y con eso basta.
La mejor compañía parece ser el teléfono
o alguno de los artilugios en los que perderse sin conectar con otros semejantes.
Asimismo, ya no hay que hablar para
resolver las situaciones: lo correcto es mandar todo al carajo ante cualquier
dificultad. Y como dijo alguien: «desde que el sexo se volvió fácil de tener,
el amor se volvió difícil de encontrar».
Creo que somos pocos, pero aún quedamos quienes
creemos en la ternura, quienes nos emocionamos con una caricia y quienes sabemos
terminar una relación con la palabra que no hiere, sino que explica. Sabemos
que la despedida no debe dejar arañazos de dolor en el alma del otro.
Quedamos muchos que aún somos
conscientes de «qué dicen o callan las miradas»; quienes entendemos que hay que
despedirse honrando los momentos vividos. Porque, aunque la relación termine,
la última muestra de amor hacia lo que amamos y nos amó es proteger de las
heridas el corazón de quien nos despedimos, aquel con quien fuimos felices un
ratito o mucho tiempo.
Sí, es cierto: a veces las cosas no se
dan como las soñamos, pero debemos irnos sin dañar, sin dejar cicatrices. Ya lo señaló alguien: «cuando entre o salga de
la vida de alguien, cierra la puerta con cariño».

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