HONORIS CAUSA EN LITERATURA PARA JULIO CÉSAR LONDOÑO

 


Por Manuel Tiberio Bermúdez

Conocí a Julio Cesar Londoño en Caicedonia, Valle del Cauca, en donde un grupo de gomosos de las letras realizábamos anualmente un encuentro de escritores. Allí llegó con su risa franca y su ironía mordaz y burlona para ganarse el afecto de nuestra ciudad por sus reflexiones sobre la paz y la sociedad.

 Me alegró mucho cuando vi la noticia que la Universidad del Valle le confirió el doctorado honoris causa en literatura. Y allí estuve, en La Biblioteca Departamental,  Jorge Garcés Borrero, que fue el escenario en el que el escritor Londoño recibió el doctorado.

Allí recordaron que el escritor cursó ingeniería en 1974 y según él, luego fue expulsado por bajo rendimiento académico.

Este es un reconocimiento a la excelencia y aporte cultural del autor como difusor cultural y formador de escritores, su rol como escritor y la influencia en la literatura colombiana y latinoamericana.

Londoño es columnista en diversos medios regionales y nacionales y su pluma tiene un “acido” que es apreciado por muchos de sus lectores. Su obra novelística es la más fácil de enumerar ya que solo ha escrito una sola: Proyecto piel.

Ha recibido varios premios por su trabajo: Premio Simón Bolívar de Periodismo, Concurso de cuento de la Cámara de Comercio de Bogotá, el premio Alejo Carpentier en La Habana, El premio Juan Rulfo de cuento en Paris, y muchos otros más.

Reconocido como excelente cuentista muchos de ellos están recogidos en libros como  Sacrificio de dama; Los geógrafos y Cuentos exactos.

No podía dejar pasar el momento de solemnidad pero cargado de emoción para el escritor quien sobre el otorgamiento hecho por la universidad dijo:

«Es una cosa muy solemne, pero no deja de ser embarazoso, uno estar como en el foco del asunto. A mí no es que me emocione mucho esa parte.  Por otro lado, también te da como un peso en la cola, porque uno duda siempre del valor de su trabajo. Uno puede decir: sé que no es pésimo, pero puede que no sea excelente.

De todas formas, cuando un tribunal tan severo, como los cuatro tribunales que pasaron aquí, y evaluación de pares, uno dice, como que la plana no fue en vano, como que sí se ha hecho algo.  De todas formas es reconfortante, esa parte es chévere.

Julio César, alguna vez lo oí decir que usted era un fracasado en la literatura, ¿qué piensa ahora?

Yo soy un fracaso comercial, completamente.  Mis libros no se han vendido nada. Eso no es excepcional, pues es como la regla, ¿no?

¿Pero, por qué cree que no se venden si es un escritor reconocido?

Debe ser que Dios existe, y me odia.

¿Qué le dice a la gente de este título que le confirió la Universidad del Valle?

A mí me gusta la posición de la universidad. Dice el doctorado honoris causa, es un título que la universidad otorga, y se otorga. Me parece muy linda esa concepción que es como horizontal. Es como decir, nos enorgullece que usted sea doctor Univalle, que es muy lindo, porque no es una cosa vertical: no es yo lo reconozco a usted. Es de pares.

Me parece que es la forma más linda de honrar el trabajo de cualquier persona. Es decirle: usted le da lustre a la universidad. Debe ser una fórmula exagerada, pero qué bonito que lo formulen así.

Usted es un hombre que le gusta tomarle el pelo a la vida, ¿qué va a hacer con ese doctorado a cuestas?

Pues yo no sé…voy a cotizar más caro mis contratos.

Algunos apartes de su discurso

1.- «Son tres miradas distintas, pero todas trazan mapas del universo, planos del laberinto. Los mapas de la religión son relatos cosmológicos o códigos morales y son eternos e inmutables, como corresponde a la soberbia de los dioses.

Los mapas de la ciencia son modelos matemáticos o sociales y son imperfectos y temporales, como los hombres y las mujeres que los dibujan. Los mapas del arte escapan a las definiciones. El arte fue una operación mágica al principio en las pinturas de las cuevas, magia para simpática, para que la cacería fuera exitosa.

Luego el arte fue figurativo, espejo del mundo. Ahora puede ser oscuro, abstracto o expresionista, un grito de furia o una oración pagana. Al cerebro le gustan los mapas, lo tranquilizan, me dijo Rodolfo Llinaz un día».

«¿Qué sería de cualquiera de nosotros si no pudiéramos consultar información escrita? ¿Y qué pobres seríamos todos si el lenguaje nos sirviera solo para informarnos, si no pudiéramos apreciar la poesía de un discurso o morir con la línea de una canción?

2.- Les debo todo a los escritores clásicos, pero les debo mucho más a mis amigos escritores. No solo me regalan libros y fiestas y conversaciones y critiquen mis ejercicios con franqueza, sino que me dan lecciones de vida y enseñan con el ejemplo. Mis amigos escritores publican libros de otros escritores, traducen libros de otros, van a las cárceles y enseñan el arte de la crónica y el arte de la poesía, trazan con los presos fuga de tinta, urden con ellos versos libres, organizan conciertos, exposiciones, conciertos, foros, seminarios. Son como quijotes en bicicleta, que se la pasan enriqueciendo el mundo y escriben sus libros en los ratos libres».

3.- «Recordemos que uno es de la estatura de sus enemigos más altos. Es fatal tener enemigos mediocres, uno termina pareciéndose a ellos. Como el triunfo es la excepción, no la regla, celebro esta noche feliz y dedico este triunfo a mis amigos y a un muchacho que asesiné un domingo.

No tuve alternativa, yo andaba de malas pulgas porque Univalle me echó a la calle durante un semestre por una pequeñez política y otra pequeñez académica. Subterráneo nivel académico, decía la nota, y era justo. Yo vivía una época de espléndida bohémia, pero los domingos pueden ser fatales, sobre todo las tardes, que ya están amenazadas por la sombra del lunes.

Recuerdo que yo leía la cruzada de los niños de Marcel Schwob en la banca de un parque y tenía dos sueños opuestos. Quería ser Schwob porque ya sabía que las letras podían darme todos los alimentos que necesita el espíritu. Y quería ser matemático porque desde niño me sedujo ese brillo humano de la matemática, su perfección, la manera como encajan las cosas en ese orbe de precisos cristales.

Yo tenía muchas dudas y la matemática estaba llena de certezas. Pero ya me había pensado y comprendí que era incapaz de ejercer bien los dos oficios que mi cabeza no daba para tanto. Ese día decidí ser solo escritor y dejé tirado en la banca el cadáver del muchacho matemático.

Nunca supe qué fue de él, quizá nada, tal vez la sombra de un número. Todavía me duele su suerte especialmente para ti, va a este título que hoy me otorga mi Universidad del Valle».

#RevistaOccidental

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