QUE EL ALMA SE EMOCIONE
Por Manuel Tiberio Bermúdez
¿Estamos perdiendo la capacidad de enamorarnos? ¿Estamos emprendiendo un
viaje en el que la solitud —que no es lo mismo que la soledad— se ha convertido
en lo primordial para los seres humanos?
Por ahora, se observa cómo se elude el compromiso, cómo las relaciones
estables son reemplazadas por vínculos efímeros, por amoríos relámpago que no comprometen
los sentimientos de ninguno de los protagonistas.
Se ha cambiado la posibilidad de una conexión profunda y duradera por encuentros
casuales que no involucra las emociones de quienes participan en este juego que
impone la modernidad.
Las modernas herramientas tecnológicas han abierto nuevas puertas para la
satisfacción personal, sin altos costos, sin un compromiso serio con el otro o
la otra, y con la posibilidad de una gratificación pasajera pero efectiva. En
ocasiones, esa gratificación se reduce a sexo a cambio de objetos superfluos
que la modernidad exige poseer para aparentar ser alguien.
Los afectos ya no parecen importantes, ni necesarios. Las relaciones actuales
se construyen sobre la practicidad, sin necesidad de permanencia, resguardando
y escondiendo la parte afectiva para hacerla inaccesible.
Tener emociones parecería hacernos vulnerables. Demostrar afecto nos hace
sentir disminuidos ante el otro. No nos atrevemos a de decir «te extraño» por temor
a parecer necesitados de afecto. Nadie quiere exponer sus verdaderos
sentimientos y optan por mostrarse insensibles, carentes de afectos para no ser
considerados inferior al otro.
Nadie parece esperar relaciones duraderas. No se habla de acompañamiento a
largo plazo. Se practica un tipo de relación en la que no me importa si dura;
lo que se busca es obtener una respuesta que colme mis expectativas de lo que cada
uno considera emoción pura.
Estamos formando seres humanos que usan sus decepciones como escudo contra
el afecto duradero, aquel que exige paciencia, reciprocidad, presencia,
constancia, sacrificio y acompañamiento.
Nos encontramos con seres invadidos por el temor, que buscan parecer uertes
negando los sentimientos que el otro les despierta. Hombres que elogian la
soledad como el mejor destino para sus vidas. Mujeres que no se atreven a amar,
porque vienen de relaciones inconclusas, por dolores cuya causa nunca comprendieron,
por derrotas para las que no estaban preparadas, y se han endurecido para ocultar
que, en su interior vive una mujer capaz de amar como ninguna.
Pocos están dispuestos a asumir responsabilidades afectivas a largo plazo; basta
con el disfrute de una noche o de un rato para obtener satisfacción sin
compromiso.
¿Será difícil volver al modelo antiguo, emocionarnos con una caricia ofrecida
no desde la fugacidad de la complacencia, sino desde la ternura que despiertan
los afectos verdaderos?
¿Seguiremos cargando el peso de la soledad provocada por el temor al riesgo,
por la dificultad de expresar cariño, por no reconocer que amar no es ser
vulnerables, sino, por el contrario, una fuerza que nos permite caminar de la
mano con el otro, sumar fortalezas y vivir la vida con alegría?
Queremos desempolvar las emociones, queremos que un «te quiero» nos haga
vibrar, un «te extraño» despierte el deseo de emprender el viaje hacia una
sonrisa que añoramos, hacia un abrazo que anhelamos sentir. Debemos volver a
ser humanos, con todo lo que ello implica. Dejemos que esos amores insípidos de
una noche queden en el pasado, que no nos domine el ansia de sentir solo en la piel,
sino que busquemos emocionar el alma.

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